Diferentes épocas, viejos patrones, traducción Carlos X Blanco

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Gianni Petrosillo (Conflitti&Strategie)

El asesinato de Charlie Kirk, activista conservador estadounidense —algunos dirían reaccionario, aunque ambos términos parecen ahora desgastados y obsoletos— ha reactivado los habituales reflejos pavlovianos entre la derecha y la izquierda. La primera, incluyendo figuras prominentes de otros países que habrían preferido guardar silencio, denunció de inmediato el “clima de odio” generado por la izquierda. La segunda, sin justificar abiertamente el acto, enumeró los “peros” habituales, como “quien siembra odio cosecha muerte”. Si los papeles se hubieran invertido, habría ocurrido lo mismo, con la eterna y empalagosa narrativa de fascismo contra comunismo, un patrón que ya no explica nada.

Casi provoca una sonrisa, o más bien una risa amarga, oír hablar de un “clima de odio” cuando las guerras azotan las puertas de Europa y más allá, con palestinos exterminados en masa, ucranianos cayendo como moscas en el frente y nuevas diásporas que dan testimonio de un mundo sin centro de gravedad. Ante tales tragedias, el “clima de odio” que evocan nuestros políticos parece una ola de calor soportable. Los buitres de la guerra que ya no perciben la realidad deberían ahorrarnos esos sermones; estamos mucho más allá de la oposición ideológica en tiempos de paz, útil solo para ganar la lealtad de militantes o explotar a algún que otro chiflado.

El fascismo no tiene nada que ver con Kirk, ni el comunismo con los acontecimientos actuales de los acróbatas de la cultura de la cancelación. Debemos empezar con esta simple observación: nuestra era ya no es la de Mussolini y Hitler, ni la de Lenin y Stalin. Ese capítulo de la historia se ha cerrado para siempre. Los asesinatos políticos, las guerras y los enfrentamientos ideológicos persisten, pero bajo nuevas formas que no queremos estudiar a fondo, porque eso significaría culparnos a nosotros mismos, y no solo al pasado, por errores que seguimos y seguiremos repitiendo porque son inherentes a los conflictos que configuran nuestras sociedades.

Hoy en día, llamarse fascista, comunista o incluso liberal es tan válido como llamarse avestruz, un puro ejercicio de alienación sin conexión con la realidad. Que uno se crea un bípedo emplumado no significa que le vayan a crecer plumas. De igual manera, cualquiera que hoy se llame fascista o comunista es simplemente un lunático que, al llamarse “camarada” o “compañero”, encuentra la manera de sentirse parte de algo mientras, en realidad, se distancia del presente.

Como señala Marcello Veneziani en La Verità, el «fascismo eterno» evocado por Umberto Eco es un concepto vacío y ahistórico, útil únicamente para alimentar a los fanáticos de facciones opuestas. Es más, como me comentó La Grassa, durante sus años marxistas-leninistas, Eco incluso intentó demostrar la infalibilidad del Libro Rojo de Mao, una actitud que explica claramente su tendencia a desarrollar dogmas inconsistentes.

Nuestra tarea, o mejor dicho, nuestra batalla cultural, debecomenzar por abandonar la idea de que el pasado es el depósito de las peores atrocidades, mientras que nosotros somos inmunes a ellas. No es así; nos preparamos para cometer atrocidades iguales o peores. Por lo tanto, debemos liberarnos de las viejas categorías que nos hacen creer que podemos comprender lo que nos rodea sin un auténtico esfuerzo crítico y epistemológico, e intentar interpretar lo que vemos ante nosotros con nuevos conceptos.

Puede que no resolvamos nuestras contradicciones, que solo en parte se derivan de nuestra voluntad subjetiva, pero al menos dejaremos de ser engañados por la propaganda opositora, ahora reducida a herramientas de mando por grupos que la historia ya ha demostrado ser reliquias de un mundo imaginario. Debemos llamar a nuestro tiempo por su verdadero nombre, para reducir el daño y liberarnos de estos zombis de la antigüedad política que nos obligan a marchar directo al abismo con la cabeza vuelta hacia atrás.

La política se volverá cada día más peligrosa, y quizás con razón, porque quienes estén dispuestos a arriesgarse por un cambio real serán seleccionados (lo cual no necesariamente se logrará de la manera que nos convenga), mientras que los artesanos empeñados en gestionar un conjunto de escombros que nos asfixia se quedarán atrás. Esta es la realidad: ya vivimos en guerra, y se avecinan más. Un clima de odio dista mucho de ser un clima de guerra.

https://www.conflittiestrategie.it/tempi-diversi-schemi-vecchi

Traducción: Carlos X. Blanco