Sólo mentiras sobre el conflicto en Ucrania, Traducción: Carlos X. Blanco

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Gianni Petrosillo

Que Ucrania era un peón y rehén de los intereses occidentales se sabe al menos desde el golpe de Estado que derrocó a Yanukovych en 2014. Ese violento golpe, perpetrado a través de grupos infiltrados y manipulados por los servicios secretos estadounidenses y europeos, no dudó en reclutar a la chusma nacionalista y pseudonaziucraniana, aunque nosotros no hacemos más que condenarla. Evidentemente, solo de palabra. En realidad, la operación fue solo la última parte de un proceso mucho más largo, que comenzó tras la declaración de independencia de la URSS, cuando se lanzaron en el país falsas iniciativas de desarrollo, llevadas a cabo tanto a través de programas estatales como privados (ONGs), precisamente para infiltrarse en la sociedad y la juventud ucranianas, cultivando el amor por Occidente y el desprecio por su propia historia.

Esto solo debería bastar para dejar claro que los dirigentes rusos, después de más de treinta años de interferencia occidental en la nación vecina, eran perfectamente conscientes de que no habría ningún levantamiento popular a su favor y que la conquista de Ucrania en tres días, como afirman nuestros medios serviles y a la vez ignorantes y sinvergüenzas, era pura fantasía.

A esto hay que sumarle el entrenamiento militar y el suministro de armas a los distintos gobiernos de Kiev, algo que ciertamente no comenzó con la invasión de 2022. Vender la idea de que Putin estaba convencido de que podía derrocar a Zelenski en menos de una semana es una broma que solo unos medios corruptos hasta la médula tendrían el valor de difundir entre el público.

En realidad, Rusia no había planeado una guerra relámpago (Blitzkrieg), sino una larga y compleja “operación especial” (de ahí su nombre), llevada a cabo con métodos diferentes y con la necesidad de evitar lo que el gobierno israelí está haciendo en Gaza contra los palestinos. Como afirmó Maquiavelo, a veces se declaran guerras, especialmente a través de una nación intermediaria, para sacrificarlas sin vacilación, no para ganar, sino para poner a prueba la capacidad de acción y resistencia del enemigo, porque el conflicto frontal no siempre es posible ni útil en circunstancias históricas particulares.

Occidente ha descubierto así que Rusia puede defenderse de los países de la OTAN y sus aliados. O mejor dicho, no completamente sola, porque el mundo no occidental, ahora más grande y organizado, incluye superpotencias nuevas o reemergentes que ya no pueden ser tratadas como parias por un orden mundial en relativo declive.

En este contexto, es evidente que nadie desea realmente la paz: Rusia no la necesita, salvo para consolidar el logro de sus propios objetivos mínimos (que nadie conoce con certeza, aunque los medios de comunicación y la prensa fingen saber, contribuyendo más a la propaganda que a la información). Occidente tampoco tiene interés en detener el conflicto mientras pueda consumir los recursos humanos ucranianos y obligar a los rusos a desangrarse. No es casualidad que, cada vez que se inician las conversaciones, Occidente organice operaciones disruptivas, como ataques con drones en Siberia o el sabotaje del puente de Kerch en Crimea, seguidos de represalias más o menos violentas por parte de Moscú.

Probablemente se llegará a una especie de tregua que congelará la situación. Y escenarios similares seguirán multiplicándose en el mundo, hasta que se abra un nuevo conflicto, similar a una guerra mundial. “Similar”, porque no podemos saber en qué forma se presentará este conflicto: la historia nos enseña que cada guerra global es diferente de la anterior. Basta pensar en cómo cambió radicalmente el rostro de la guerra entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, en poco más de veinte años. Ahora, ochenta años después del último gran conflicto, quién sabe qué nos espera.
Finalmente, quienes comparan la resistencia ucraniana con las luchas partisanas nos hacen sonreír. En primer lugar, los partisanos no formaban parte de un ejército regular, a diferencia de los soldados ucranianos. En segundo lugar, ni esa resistencia ni esta, suponiendo que exista, fueron decisivas para el resultado final de la guerra. Las resistencias sirven más para crear mitologías póstumas que para cambiar realmente el equilibrio de poder en los grandes conflictos. Esto no resta valor a los hombres y grupos que llevaron y siguen llevando a cabo acciones valientes incluso contra adversidades abrumadoras.

Igualmente graciosos son quienes afirman que los ucranianos ahora odian a los rusos y nunca regresarán a lo que una vez fue su patria soviética. Los italianos somos prueba viviente de lo fácil que es amar al enemigo que bombardeó, masacró y derrotó: hoy llamamos “liberadores” a quienes ganaron la guerra y aún ocupan nuestro territorio con bases militares. Como escribió el filósofo Rensi, las personas tienden a olvidar más que a recordar, y cuando recuerdan, a menudo lo hacen mediante narrativas o reconstrucciones falsas, útiles en ciertos momentos para el poder de ciertos grupos gobernantes, pero siempre más o menos engañosas o imaginativas en esencia.

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