Oportunismo fotográfico o la salida culinaria,Traducción Carlos X Blanco

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Oportunismo fotográfico o la salida culinaria Gianni Petrosillo (Conflitti&Strategie)

Como siempre, cualquier innovación que la humanidad introduce para hacer la vida más cómoda conlleva efectos nocivos que a menudo no se corresponden con los que se reportan, sino que son muy diferentes. Recientemente leí un libro titulado “Miedo: Miedos irracionales ante la innovación”, que analiza todos los temores que experimentan los seres humanos cuando la tecnología o la investigación científica introducen nuevos descubrimientos en la vida cotidiana, desde vacunas hasta inteligencia artificial, con todo lo que ello implica. Para ser justos, el autor es bastante indulgente con el miedo colectivo, o con el de ciertos grupos más afectados que otros por las nuevas tecnologías. Su enfoque no es presuntuoso, sino todo lo contrario, por ejemplo, al de algunos médicos que tachan a todos de estúpidos porque, obviamente, saben más que la persona promedio. Pero todo temor, por exagerado o mal calibrado que sea su objetivo, tiene sus razones, que no deberían simplemente ridiculizarse, ya que contienen aspectos concretos que no son irrelevantes, aunque se malinterpreten.

Despreciamos a nuestros congéneres del pasado, creyendo que el ludita destructor de la máquina era simplemente un necio que quería frenar el progreso. En realidad, su afán destructivo no estaba motivado por la expulsión de la humanidad para dar paso a la máquina, sino por la desaparición de la profesión que le proporcionaba su sustento. Lo mismo ocurre hoy con la IA; la amenaza se extiende a toda la especie, pero en realidad, algunos trabajos desaparecerán por completo, mientras que otros prosperarán y mejorarán. En cualquier caso, incluso en la situación actual, descartamos la mutación antropológica. Los humanos seguiremos siendo la misma vieja bestia. Los hombres del mañana nos acusarán de ingenuidad, como hicimos con los carreteros que intentaron resistirse a ese infernal artilugio de cuatro ruedas sin futuro, o con el tubo de rayos catódicos que trajo imágenes a nuestros hogares desde todo el mundo, al que algún pensador ilustre alguna vez llamó un adorno inútil.

Me gusta recordar aquí la obra maestra de OrsonWelles, El cuarto mandamiento, de la cual transcribo el diálogo entre Morgan, un fabricante de automóviles, y el hijo pequeño de unos terratenientes que no creían en la innovación recién introducida. He aquí el diálogo entre ellos:

—Morgan: El proceso ha comenzado y nadie puede detenerlo, el coche…– George: ¡El automóvil es un lujo inútil! Nunca será más que una curiosidad, y hubiera sido mejor que no se hubiera inventado.—Morgan: Puede que George tenga razón sobre el automóvil; el salto adelante que representa podría ser un retroceso para la civilización. Quizás no aporte nada a la belleza del mundo ni al alma humana… pero el automóvil ya existe. Como resultado, todos los aspectos de la vida podrían cambiar. La guerra sin duda cambiará, y por consiguiente la paz. El automóvil, en mi opinión, incluso provocará cambios en la mente humana. Pero puede que George tenga razón; probablemente dentro de veinte años, si ya podemos ver el cambio que ha experimentado la humanidad, ya no podré defender esta tecnología y tendré que estar de acuerdo con George en que el automóvil nunca debería haberse inventado.

Pero pasemos a otra de las innovaciones de nuestro tiempo, una que ha sacado lo mejor de lo mejor y lo peor de lo peor, pero que en algunos casos ha logrado mejorar lo peor y empeorar lo mejor. La opinión, como siempre, no es unánime. El efecto que las redes sociales han tenido en los políticos, quienes, pobres de ellos, ya viven en un periodo histórico desfavorable del que son seres sociales, ha sido devastador. Dado que cada una de sus acciones carece de contenido, la han llenado de… contenido social. Y esto se aplica a todos, incluso a los recién llegados, que transmiten mensajes contradictorios, pero de una forma tan neutralizada que el ridículo se les pega incluso cuando luchan contra el consenso imperante. Y así, como no tienen nada sustancial que comunicar, los encontramos tomándose selfies desde tal o cual lugar porque estuvieron en el evento, pero el evento es su foto, o posando con el campeón deportivo, la persona discapacitada, en la playa disfrutando de un merecido descanso después de un largo período de no hacer absolutamente nada, o trotando para demostrar que su mente está sana en un cuerpo sano, o en un concierto, o mientras beben, y así nos muestran destellos cada vez más constantes de su vida pixelada e incluso sienten la necesidad de hacerlo porque de lo contrario temen ser olvidados, también porque necesitan likes para sentirse vivos y debajo siempre hay un ejército de lameculos o detractores que alimentan la necesidad de otra foto al día siguiente. ¿Como decía la canción de Rovazzi? La inmensidad del carajo, ¿a quién le importa? Por supuesto, toda esta gente que pone su cara en primer plano, y que, al desplazarnos por las redes sociales, nos los encontramos en nuestra vida diaria aunque no queramos y quizás estemos buscando noticias mucho más interesantes, ni siquiera se preguntan por qué diablos nos importa si tomó una instantánea o una transmisión en diferido del Festival de Fife o su asistencia a la imperdible conferencia sobre atención humana. Pero el oportunismo fotográfico alimenta su ego, que se infla tanto que se convierte en el globo de prueba del día para ver cuántos lo halagan o lo insultan, porque incluso la difamación es útil, difamación a la que quizás luego reaccione con una demanda porque, también nos dice, el mundo virtual y el real conllevan las mismas responsabilidades y blablabla. Esta mierda.

Lamentablemente, todos caen en este frenesí de presencia, incluso aquellos que tienen algo que decir, pero al final, las fotos y los videos pesan más que el contenido racional. Y así ha terminado nuestra política, en la que ser y aparecer coinciden a la perfección porque bajo la declaración no hay nada.

Curiosamente, mientras toda esta palabrería pretende dar lecciones de democracia a los supuestos dictadores, estos últimos, que sí se preocupan por asuntos serios, no usan redes sociales ni sienten la necesidad de contarnos que van al gimnasio, a la peluquería o que se acuestan con una persona trans. No lo descarto, aunque no lo conviertan en una batalla de civilidad. Tomemos como ejemplo a Putin, el diablo de nuestros charlatanes: no tiene perfiles en redes sociales y se dice que ni siquiera tiene teléfono móvil para evitar ser descubierto en un chat de WhatsApp chismorreando o revelando algún movimiento político. No tiene que hacer promesas vacías a diario y simplemente hace las cosas, las que nuestros políticos proclaman pero nunca llevan a cabo. No puede ser tan malo vivir bajo una dictadura sin tanta palabrería.

Ahora alguien me dirá: bueno, Putin bombardea ciudades. Pero los demás, además de hacerlo de igual manera y ocultarlo con aún mayor hipocresía, nos bombardean constantemente con sus descarados rostros, exponiendo lo que debería permanecer oculto. Y aquí me viene a la mente Karl Kraus: «Hay rostros que deberían permanecer ocultos para siempre, pero tienen el descaro de mostrarse en público».

Pero Putin no es el único dictador, según nuestros políticos intangibles y retocados con Photoshop, que no utiliza tales medios, que se convierten en meras artimañas en manos de nuestros falsos demócratas. Dado que la democracia se ha reducido a esto, no hay nada útil que la salve, porque incluso cuando hay debate abierto o intercambio de ideas, más que nada, nos atacamos unos a otros con banalidades disfrazadas de personas.

Pero nuestros demócratas no son mejores que Putin, Xi Jinping o Kim Jong-un. De hecho, diría que son mucho peores. Por ejemplo, armar a un criminal como Zelensky y llamarlo nuestro defensor de la libertad requiere de un verdadero criminal. Y lo mismo ocurre con armar a Israel contra palestinos desarmados o proporcionarles logística y armas para que Estados Unidos e Israel ataquen a Irán.

Y, por supuesto, nuestra propia prensa también se involucra en distorsionar la verdad, diciéndonos que todos los que se resisten a nuestra agresión son los malos, mientras que nosotros somos los buenos. Sin embargo, esto nos oculta el hecho de que los buenos ya no son tan fuertes como antes y que pronto la guerra y el terror entrarán en nuestros hogares y tendremos que convivir con ellos para defender no nuestro estilo de vida, sino el de los estadounidenses que nos mantienen bajo su férreo control.

Justo el otro día, uno de esos generales que minimizan la capacidad de Irán para atacarnos directamente —aunque aún está por verse por qué ellos tampoco entienden nada— susurró con condescendencia que, como mucho, pueden alimentar el ter rorismo dentro de nuestras fronteras. No digamos nada, pero sigo creyendo que hemos entrado en una fase muy diferente porque nos han superado en algunas tecnologías militares, y pronto comprenderemos las verdaderas consecuencias.

Y mientras tanto, pretenden promocionar algún producto DOC o IGP[1] que garantizará nuestro éxito. La política local y la pasión culinaria se entremezclan por completo.

https://www.conflittiestrategie.it/photo-opportunism-o-la-presa-per-la-culinaria

Traducción: Carlos X. Blanco

1Los sellos DOP (Denominación de Origen Protegida) e IGP (Indicación Geográfica Protegida). N. del T.