Espaguetis a la Molotov-Ribbentrop, Traducción Carlos X Blanco

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Obviamente, esto no sucederá, pero para cambiar radicalmente, o al menos sacudir verdaderamente el panorama político italiano hasta sus cimientos, sería necesario un pacto Molotov-Ribbentrop entre el Movimiento Cinco Estrellas y el partido Futuro Nacional. Una alianza, o incluso un pacto de no agresión, contra un enemigo considerado mucho más peligroso: la única coalición proestadounidense de derecha, centro e izquierda. Partiría de un terreno común, digamos un pequeño mosaico de posiciones, con algunos puntos firmes que bastarían para desbaratar los cálculos de los partidos establecidos, obligándolos a unirse contra la supuesta amenaza rojiparda.

Por supuesto, esto es solo una sugerencia, pero si se materializara, produciría una reacción política capaz de desbaratar los planes establecidos para la alternancia de facciones políticas cada vez más similares, que no son más que una carrera de relevos entre fuerzas zombificadas incapaces de cuestionar realmente la subyugación extranjera a la que están sometidas.

Después de todo, piensen en las razones que llevaron a Rusia y Alemania, enemigos acérrimos, a firmar un pacto de no agresión. Inglaterra y Francia estaban convencidas de que podían burlar a ambas, al tiempo que mostraban cierta simpatía por la Alemania nazi como bastión europeo contra el bolchevismo.

Hoy necesitamos un Pacto Molotov-Von Ribbentrop verdaderamente estable, sin la posterior violación cometida por Alemania con una medida desastrosa para sí misma y para Europa, que acabó bajo la predominancia estadounidense.

El Movimiento Cinco Estrellas y el Futuro Nacional deberían priorizar un enfoque diferente de la política exterior, comenzando por una apertura hacia Rusia, de la que pueden obtener recursos energéticos, superando al mismo tiempo las diferencias ideológicas en materia de trasiciones energéticas y problemas de suministro; promoviendo, a nivel industrial, acuerdos con China, incluso mediante una reedición actualizada de la Ruta de la Seda; y desafiando la hegemonía estadounidense, cada uno desde su propia perspectiva: algunos porque “la patria primero”, otros porque “la libertad primero”, ambos, en última instancia, “después de Estados Unidos”.

En el camino, sin duda habría otros puntos de acuerdo, pero también muchos desacuerdos, en los que los enemigos intentarían infiltrarse para socavar el sistema. Sin embargo, sería un escenario devastador para una clase dirigente ahora homogénea, de derecha a izquierda, que sentiría cómo el suelo se desmorona bajo sus pies. Habría reacciones violentas, y así se pondría de manifiesto, si cabe, dónde reside el verdadero fascismo: en las democracias y en los antifascistas traidores.

En cualquier caso, tal experimento podría generar nuevas semillas, alentando saltos aún más inescrupulosos hacia el nacimiento de fuerzas decididas a perseguir la verdadera independencia nacional, fuera de los rituales de un sistema político ahora podrido y a prueba de futuro.

Al fin y al cabo, si incluso Stalin y Hitler llegaron a un acuerdo temporal, Vannacci y Conte también podrían, aunque probablemente ninguno de los dos esté capacitado para gestionar una fase radicalmente nueva tal como la entendemos. Pero hoy no importa cómo se llame el gato; lo importante es que empiece a perseguir ratones.

También podemos apostar a que, tras la ruptura de aquel pacto histórico, hubo injerencia británica y estadounidense, que convenció a Hitler de intentar la Operación Barbarroja. Si hubiera derrotado a los rusos, estos habrían saldado cuentas con él o habrían llegado a otros acuerdos con Alemania (y hoy probablemente no existiría todo este falso antifascismo, sobre todo por parte de quienes ostentan posiciones de poder); si hubiera perdido, habrían llegado a un acuerdo con la URSS, como ocurrió parcialmente, pero solo porque los rusos desarrollaron la bomba atómica en pocos años. Sin embargo, si Hitler hubiera respetado los acuerdos con Stalin, hoy, al menos, no tendríamos a los estadounidenses en Europa, quienes, no obstante, siguen siendo una potencia extracontinental dominante de violencia y opresión imparables que en nuestra región se denomina “libertad” o “liberación”, en su versión histórica.

Por supuesto, muchos militantes y futuristas del Movimiento Cinco Estrellas se sentirían desconcertados, como lo estuvieron los camaradas y los camisas negras en 1939, pero ya hemos visto una coalición amarillo-verde en acción, y una coalición amarillo-negra no causaría tanto revuelo, salvo al principio. De hecho, liberaría al Movimiento Cinco Estrellas de ciertos males ideológicos antifascistas que les fueron transmitidos por su cercanía a la izquierda de salón.

Ahora bien, esto no sería una revolución, pero sin duda su pondría una profunda conmoción para el sistema. Por supuesto, el sistema tomaría medidas inmediatas. Los organismos de seguridad del Estado, junto con las potencias internacionales y europeas establecidas, se pondrían en alerta y trabajarían, empleando métodos similares a los ya vistos en Rumania, para impedirlo. Por si fuera poco, una nueva era de terrorismo, bajo diversas formas modernas, podría resurgir.

Sería un caos tan arriesgado como fascinante, del que podría surgir cualquier cosa. Y, desde esta perspectiva, cualquier cosa parece preferible al letal atraso que está matando lentamente a Italia.

En lugar de un campo amplio o corto, tendríamos un verdadero campo de batalla, capaz de sacar a la luz las numerosas mentiras pseudodemocráticas y libertarias que siguen atormentándonos.

Spaghetti alla Molotov-Ribbentrop

Traducción: Carlos X. Blanco.